lunes, 12 de octubre de 2015

Mi nueva casa es José Martí en Remanganaguas

Por Arnoldo Fernández Verdecia.
 
Cada semana llega hasta el cementerio Remanganaguas, allí está su papá, dos hermanos y una sobrina; no ha resistido el espíritu de soledad dejado por el viejo al marcharse. Toma un camión en Contramaestre y por casi media hora va hacia él, conversan bajo una sombra de algarrobo y cree tener un destino, cuando sabe que su matrimonio es tan incierto como su vida misma. Regresa cerca del mediodía, atrás, polvo, pastizales secos y un río que no corre;  pero al menos existe un José Martí, tan real y vivo en el corazón de la gente que cada día de los padres, -igual hace ella-, van hasta su obelisco y ponen un ramo de flores para él en actitud solemne, donde reconocen la paternidad martiana en eso que se llama Cuba, mejor dicho: PATRIA. Ella sabe que descansara muy pronto junto a los suyos, por eso piensa en la Bandera de la estrella solitaria que ondea al compás de los clarines del viento; y en el concierto ofrecido por un sinsonte cada mañana a la ciudad dormida. Sabe que es cuestión de minutos, quizás horas, pero tendrá que ir hacia su Remanganaguas de la soledad, acostar el cuerpo allí e imaginar que su amor anónimo vendrá cada semana a traerle flores blancas y a conversar. Nubarrones negros anuncian la cercanía del momento luctuoso, pero tiene la esperanza de ver a Dios y pedirle más días para vivir el amor negado por un matrimonio de años, que la encastilló en rutinas y prejuicios.   El camión llega, entonces vuelve a lo real; la costura en su vientre recuerda que el fenómeno puede estar ahí, vivo, amenazante, sabe a ciencia cierta las dos  opciones.  Caminar hacia el poniente es la verdad, tiene la seguridad de que más allá de la vida, él irá a Remanganaguas cada semana a ponerle flores blancas, conversar y hacer el amor, como mismo lo hacían en la vida real.

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